¡Hola! Mi nombre es Paola Llinás, soy argentina, politóloga y magister en educación. Fui docente en los distintos niveles educativos, y de escuela secundaria durante la pandemia. En los últimos años me he dedicado a la enseñanza virtual, y durante este año tuve el placer de ser tutora de distintos cursos que integran la propuesta #Movingonline ofrecida por INDES-BID para colaborar en la forzada migración de la enseñanza presencial a la virtual.
Diferentes entradas en este blog nos invitan a pensar sobre el futuro de la educación en el post-confinamiento, realidad ya inminente en algunos lugares del mundo. Me sumo al diálogo abierto sobre esta cuestión, que nos interesa a todos los que de uno u otro modo estamos vinculados a la educación de las jóvenes generaciones.
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“Esta dinámica de aprender con otros, de hacer lugar a los saberes que otros portan y traen al encuentro pedagógico fue uno de los “saldos positivos” del pasaje forzoso a la virtualidad, que puede ser continuado en el la “nueva normalidad” educativa.”
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¿Cómo será la vuelta a las aulas, el día después? ¿Qué continuará siendo tal cómo lo conocíamos? ¿Qué variaciones aparecerán? ¿Qué innovaciones surgidas en el período de confinamiento traspasarán el entorno virtual para entrar a las aulas de concreto? ¿Cuánto tiempo persistirán esas transformaciones? ¿Cómo dialogarán y se hibridarán las novedades con las tradiciones?
Sobre estos grandes interrogantes, distintas voces han propuesto variadas respuestas y realizado valiosísimos aportes. Mi intervención busca sumar algunas preguntas -y ensayar algunas líneas de reflexión- en clave de la transmisión del conocimiento en las instituciones educativas. El recorrido que propongo se centra más en escuelas de nivel primario y secundario, aunque no excluye a los demás niveles. Sí excluye a las escuelas que no tuvieron clases virtuales, ya que esto último constituiría una reflexión aparte, que queda abierta para quien quiera retomarla.
En el contexto actual, que comienza a delinear un regreso a las aulas luego de un pasaje intempestivo y forzoso a la modalidad educativa virtual, los invito a pensar juntos en torno de la transmisión de saberes: estos meses de trabajo virtual, ¿plantearon cambios? ¿cómo se harán presentes en las aulas? ¿cómo se reconfigurará la transmisión en la “nueva normalidad”? ¿qué características asumirá el rol docente? ¿y el del alumno? ¿cómo se verá afectado el vínculo pedagógico? ¿qué implicancias tendrá para las estrategias de enseñanza? ¿y para el proceso de aprendizaje?
Antes del COVID 19, la modalidad educativa presencial (fundamentalmente, en la escuela primaria y secundaria) se asentaba sobre un formato histórico tradicional donde existía un determinado currículum o conjunto de saberes predeterminados, jerarquizados y socialmente valiosos a ser transmitidos por los docentes a los estudiantes de modo secuenciado y progresivo. Los docentes, portadores de esos saberes, eran los encargados de enseñar a sus alumnos esos contenidos y habilidades definidos como necesarios para insertarse socialmente y formarse como ciudadanos. El docente basaba su autoridad en ser portador de esos saberes definidos y tenía como tarea pedagógica transmitirlos a los alumnos, que acudían a su encuentro para aprender. Este formato escolar también suponía agrupamientos de alumnos graduados, evaluaciones de verificación de conocimientos adquiridos, una cierta disposición espacial del aula con el docente al frente y una compartimentación del tiempo de clase, tareas y aprendizaje.
Si bien ya antes del confinamiento el formato histórico educativo tradicional venía siendo discutido y renovado por pedagogías alternativas, innovadoras y más inclusivas, lo cierto es que el pasaje masivo a la educación en línea producto de la pandemia impuso ciertas dinámicas de trabajo que interpelan a ese modelo o, al menos, ponen en discusión algunos de sus presupuestos.
En primer lugar, nuestro rol docente como portador “absoluto” del saber en el aula (y nuestra autoridad derivada de ello) fue puesta en cuestión en el mismo momento en el que tuvimos que pararnos- por primera vez, para una amplia mayoría- “al frente” de una clase virtual. Ese debut con las nuevas herramientas tecnológicas para dar clases virtuales (ya sea por Zoom, Meet o alguna otra que hayamos utilizado) nos puso en un solo movimiento en un pie de igualdad –en ese aspecto- con nuestros estudiantes. Es más, me animo a afirmar que en muchos casos expuso a la vista de todos nuestros alumnos nuestra posición de principiantes. Y, a su vez, también demostró que ellos, haciendo gala del título de “nativos digitales”, tenían más claro cómo navegar en esos mares. Esta modificación en la asimetría, distancia y jerarquía en el vínculo entre docentes y alumnos plantea una diferencia significativa con lo anterior, abriendo múltiples posibilidades. Una de ellas es el acortamiento de la distancia en el vínculo, donde los docentes reconocemos que podemos no saber sobre algunas cuestiones, que podemos aprender sobre ellas, que nuestros alumnos pueden saber más que nosotros, que podemos aprender colaborativamente con ellos. Una de ellas es el acortamiento de la distancia en el vínculo, donde los docentes reconocemos que podemos no saber sobre algunas cuestiones, que podemos aprender sobre ellas, que nuestros alumnos pueden saber más que nosotros, que podemos aprender colaborativamente con ellos. Esta dinámica de aprender con otros, de hacer lugar a los saberes que otros portan y traen al encuentro pedagógico fue uno de los “saldos positivos” del pasaje forzoso a la virtualidad, que puede ser continuado en el la “nueva normalidad” educativa.
| Esta impronta innovadora, creativa, tecnológica, colaborativa con otros colegas y más cercana a nuestros estudiantes, de búsqueda y de aprendizaje, y de reflexión sobre nuestra propia práctica, constituye una “vuelta de tuerca” al espíritu docente tradicional en contexto de las transformaciones que se impusieron con la pandemia, y que podrían sostenerse en las aulas presenciales.” |
A su vez, con el transcurso de los meses fuimos buscando alternativas para formarnos y capacitarnos en la enseñanza en línea, y ensayando propuestas para renovar aquello que veníamos haciendo –hacía años, para muchos- en las clases presenciales. Esto fue una oportunidad doble. Por un lado, para dejar de vernos como “analfabetos tecnológicos” y probarnos que la tecnología puede entrar a nuestras clases, no es prerrogativa de las nuevas generaciones, y es un desafío con el que podemos lidiar. Hoy, se evidencia en conversaciones de maestros, que la gran mayoría podemos considerarnos “profes techis”, buscando y ensayando nuevas herramientas para enseñar, mostrar, ejercitar, evaluar. Esa impronta innovadora, creativa, tecnológica, colaborativa con otros colegas y más cercana a nuestros estudiantes, de búsqueda y de aprendizaje, y de reflexión sobre nuestra propia práctica, constituye una “vuelta de tuerca” al espíritu docente tradicional en contexto de las transformaciones que se impusieron con la pandemia, y que podrían sostenerse en las aulas presenciales.
Por otra parte, también el cambio de escenario nos impuso la necesidad y oportunidad de revisar aquello que veníamos enseñando y cómo lo estábamos haciendo. En este sentido, revisamos obligadamente los contenidos, priorizamos y reconsideramos su relevancia y centralidad, cuando el marco institucional lo permitió. Asimismo, rediseñamos estrategias que se acomodaran a este nuevo formato virtual y nos animamos a propuestas colaborativas y, en muchos casos, nos dio la oportunidad de poner al alumno en el centro del proceso. También, fue posible pensar la clase virtual como un momento de encuentro sincrónico, conectado y diseñado en el marco de una propuesta pedagógica que contempla actividades asíncronas preparatorias de los mismos a cargo de los estudiantes. Estos elementos claramente proponen una renovación de los modos de trasmisión y de los saberes a pasar/construir/compartir, que podrían continuarse en lo presencial.
Por último, unas breves palabras sobre el rol del alumno, que ameritaría un posteo aparte. Dejo sólo unas ideas menos procesadas, “puntas” para que reflexionemos juntos. Para los estudiantes también fue un cambio abrupto. No por ser “nativos digitales” la adaptación al escenario educativo virtual fue más sencilla. Se generaron nuevos modos de comunicación, de visibilización, de participación. Debieron aprender a verse a sí mismos en las pantallas, a sus compañeros y docentes, debieron aprender a organizarse, a gestionar su tiempo. Y también, tuvieron que aprender las nuevas normas de disciplina virtual y desplegaron nuevas transgresiones, se ocultaron detrás de las cámaras apagadas, hicieron memes para reírse de los fallidos de los docentes. Muchos, luego, comprendieron, empatizaron e hicieron campañas para apoyarlos (#YoRespetoAMiMaestro/a, por ejemplo). Finalmente, extrañaron profundamente a sus amigos, el encuentro con ellos, a sus escuelas. Creo que hay mucha tela para cortar aquí sobre cómo impactará todo esto en la “nueva normalidad” educativa, que aún está por ver qué formas asume. Pero lo que es seguro es que afectará el vínculo entre ellos, con sus docentes, así como también el modo en que se posicionarán como alumnos y, entonces, la transmisión.
Dejo planteadas estas cuestiones, acerca de los cambios y variaciones en el rol del docente, del alumno, en los saberes, las estrategias pedagógicas, la transmisión y en el formato escolar tradicional, después de la experiencia de educación virtual. Quedan a disposición de quién las quiera retomar, discutir, repensar.
Creo que el gran valor de este tiempo que estamos transitando reside en la posibilidad que tenemos de reflexionar y repensar sobre las transformaciones que hemos tenido que atravesar en el ámbito educativo y, al mismo tiempo, la posibilidad que se ha abierto para recrearnos.
¡Las/os saludo y leo!